Prevaleciendo por su Poder

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Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. (Génesis 32:27-28). 

Las malas decisiones y la estima excesiva por el esfuerzo propio por encima del consejo divino hicieron de la vida del patriarca Jacob un verdadero vaivén. De ser un varón apacible, que encontraba solaz en la tranquilidad de las tiendas mientras desempeñaba sus labores diarias, pasó a ser un fugitivo, víctima de las tretas de su propio suegro y preso por veinte años en la oscura mazmorra de la culpabilidad por causa del pecado que lo llevó a huir de la ira de su hermano. 

Los recuerdos del pasado torturaban incesantemente la conciencia atribulada del pastor mientras emprendía el viaje de regreso a la tierra de sus padres con toda su casa acompañándole. Con tan solo un cayado había cruzado la primera vez el Jordán, mas ahora Dios le había puesto sobre dos campamentos con abundante ganado; aun así, el terror se apoderaba hasta del más recóndito de sus pensamientos. 

A pesar de que las palabras del ángel antes de su nacimiento le habían declarado mayor que su hermano, a Jacob no le bastó la confirmación del cielo y decidió arrebatar la promesa de Dios por sus propias fuerzas. Al suplantar a Esaú y engañar a su padre para obtener la bendición de la primogenitura, demostró ceder a sus más grandes debilidades; en ese momento se hizo con la enemistad de su gemelo, a tal punto que se consolaba con la idea de matarlo. 

Aunque la noche se hacía cada vez más densa en el camino y en su corazón, Dios no dejaría sin socorro a quien fuese coheredero de la promesa hecha a Abraham. Mientras avanzaba “le salieron al encuentro ángeles de Dios. Y dijo Jacob cuando los vio: Campamento de Dios es este; y llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim” (Génesis 32:1-2). El Dios de Abraham y temor de Isaac estaba dispuesto a hacerle ver a su siervo que su protección le acompañaba tanto ahora, como cuando vio la escalera en sueños en Bet-el. 

Jacob envió mensajeros para apercibirse sobre la reacción de Esaú al saber que se dirigía a casa. Se volvió en oración al Creador implorando nuevamente su favor: “líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga acaso y me hiera la madre con los hijos. Y tú has dicho: Yo te haré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud” (v. 11-12). Durante el resto de la noche preparó presentes para su hermano y se hizo presentar delante de él como su siervo; claramente su corazón ya no albergaba intenciones egoístas  respecto a su jerarquía en el clan, tan solo quería sentirse librado de la pesada carga que acarreó su falta.  

Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc. Los tomó, pues, e hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía” (v. 22-23). Jacob se quedó, a su juicio, completamente solo. Las tinieblas más espesas ofuscaban su entendimiento y el alba parecía cada vez más distante; sin embargo, en el momento cumbre de su desesperación, el Dador de la vida cambiaría la suya por completo a partir de aquel instante.

Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba” (v. 24). La inesperada aparición de una figura extraña hizo que Jacob aflorara todos sus temores, ¿sería Esaú o alguno de sus siervos dispuestos a cobrar venganza? Tal expectativa fue la que produjo en el patriarca un espíritu de lucha indomable, por lo menos hasta que su misterioso contendor con un solo toque descoyuntó su muslo, haciéndole entender que no se enfrentaba a un ser humano cualquiera. 

Ya con la certeza de que se trataba de un ser celestial, la motivación de Jacob era distinta: lejos de luchar por su supervivencia, confiando en su fortaleza física, ahora se aferraba buscando a quien podría librar su alma. Sus manos se atenazaron en súplica sobre la contextura del ángel, y ante la reprimenda “déjame, porque raya el alba” respondió: “no te dejaré, si no me bendices”. Se sabía muerto en sus pecados, pero confiaba en que el poder de Dios le daría vida nuevamente, y en esa esperanza se sostuvo.

Tal determinación no provenía de un corazón presuntuoso, de lo contrario la misma fuerza que descoyuntó su muslo con tanta facilidad podría haberle aniquilado por completo. En lugar de eso, luego de preguntarle su nombre, el varón promulga la declaración más dulce que los desdichados oídos de Jacob pudieron escuchar: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (v.28). El patriarca podía ahora descansar en la certeza de que su ruego había sido escuchado, Dios le perdonaba, y le daba un nuevo nombre con el que dejaría de ser un suplantador. 

La experiencia que vivió Israel en aquella noche de lucha es la misma por la que los hombres y mujeres de este tiempo deben pasar al arrepentirse de sus pecados por acción del Espíritu Santo. Sus corazones estarán contristados por la culpabilidad, pero así como el Hijo de Dios se hizo presente en aquella oportunidad, estará presto para socorrer a todo aquel que se reconozca incapaz de mantenerse por su propia justicia y solicite para sí los méritos de Cristo para obtener salvación y liberación del pecado. 

Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; en Bet-el le halló, y allí habló con nosotros. Mas Jehová es Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre. Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre” (Oseas 12:4-6). Solo el poder infinito del Dios eterno puede cambiar el corazón del pecador que se aferra a él como Jacob lo hizo; por la garantía del sacrificio de Cristo pudo recibir restauración, y tan grande esperanza sigue aún vigente para todos los que deseen refugiarse en sus méritos sagrados hoy.

Llegará el momento en el que el pueblo de Dios será probado severamente antes de la segunda venida del Salvador a esta tierra, y su angustia será la misma experimentada en esa noche en las cercanías de Jaboc. No obstante, no se nos ha dejado sin esperanza: “¡Ah, cuán grande es aquel día!, tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado” (Jeremías 30:7); el Señor de Israel sostendrá a sus amados en la justicia salvífica de Cristo, ayudándoles a permanecer firmes hasta el fin. 

¡Sostente hoy en su poder, prevalece en sus méritos, aférrate a sus promesas! Dios nos da el privilegio en Cristo de ser más que vencedores; créelo y empieza a prevalecer por su poder. 

Acerca del autor

Roberto Barrios

Comunicador social y predicador del evangelio eterno. Escritor al servicio de Jesucristo. Esposo de Michele.

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Por Roberto Barrios

Autor

Roberto Barrios

Comunicador social y predicador del evangelio eterno. Escritor al servicio de Jesucristo. Esposo de Michele.